El mundo ético era un mundo real al cual faltaba la conciencia personal. Esa conciencia emergió pero perdió toda la realidad y con ello se pierde a sí misma. Se experimenta ahora como la conciencia desgraciada que tiene su esencia más allá de ella misma. Como sea que estemos en figuras sociales o históricas y no en figuras de conciencia meramente individuales, como era el caso de la conciencia desgraciada, la realidad esencial se presenta aquí como realidad social. Una realidad, sin embargo, extraña al sujeto. El hombre se sentirá ahora alienado, teniendo su esencia fuera de sí y todo su anhelo será el poder unirse a esa esencia para salvarse. Hegel nos va a decir que el espíritu, o sea, la realidad social institucionalizada, se encuentra extrañada respecto del sí mismo. Un mundo social extraño al sujeto pero que es, a su vez, la esencia de se sujeto, a la cual debe unirse para realizarse. Ese mundo social se dividirá también a su vez y dará lugar al mundo de la cultura y de la fe. Estamos ya en la sociedad cristiana, esencialmente divinidad y desventurada.

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