No voy a hablarte del Dolor. Sé que sabes perfectamente lo que es.Tampoco voy a hacer epopeyas de las heridas que te han hecho los estragos del tiempo.
No estoy aquí para hablar de tu pelo ni tus ojos. Ni tampoco he recorrido todo este camino para explicarte lo dolida que puedo llegar a estar ahora mismo.
En realidad no sé por qué estoy aquí o por qué he decidido explicarte todo esto.
En el fondo no son más que palabras y pueden, o no, quedarse como castillos de arena en el aire, en ninguna parte pero en todas ellas. En realidad son tan volátiles...
Ni siquiera quiero persuadirte, ni quiero convencerte con mi retórica de pobre de lo que merece la pena ser escrito con mayúsculas. Hay cosas que doy por sentado que ya las sabes. Supongo que todo lo que quiero expresar con estas líneas es la sensación que me produce escuchar tu voz. Es la sensación que me produce tocarte. Es la sensación que se me queda en el estómago cada vez que dibujo tu nombre en mi mente, en silencio, a solas, cabizbaja. Tampoco sé muy bien si alguna vez alguien te ha escrito de esta manera, o si alguna vez alguien ha puesto en alza tales cosas como tus lunares o tus pecas, que me recuerdan, todo sea dicho, a cada punto que hay en el cielo en forma de estrella, como si en tu espalda hubieran puesto una constelación y tu piel formara la línea del horizonte del cielo. Tampoco me importa.
El pasado no es más que el pasado aunque nos trate como fantasmas.
Supongo que todo lo que quiero llegar a decirte, simplemente, no puedo expresarlo.
¿Alguna vez te has topado con el significado del vocablo inefable?
Es eso realmente lo que quiero explicarte: lo inefable.