A veces pasa que la inspiración queda enterrada en la inercia. A veces pasa que la inercia es presa del tiempo, del reloj, ese reloj que estrecha algo más que nuestra muñeca: entre otras cosas, la fragilidad que envuelve a mi persona. Y es que, no es fácil convivir con esta época veluciferina de la que Goethe estaría de todo menos orgulloso, no es fácil convivir con el nietzscheanismo profundo que se acontece durante las noches.
Me ahoga el tiempo que no tengo. La mayor parte de ese tiempo lo paso bailando en mi cabeza al son de una música que vendería su alma porque la vida durara el doble; en otras canciones, vendería la mía porque no durara más que un suspiro.
Me ahoga el tiempo que no tengo. La mayor parte de ese tiempo lo paso bailando en mi cabeza al son de una música que vendería su alma porque la vida durara el doble; en otras canciones, vendería la mía porque no durara más que un suspiro.
