¿Ves esto? Son las marcas que han dejado en mi tímida esperanza. Dicen que el pasado es irredimible, que el futuro es incierto y que lo único que nos queda es el presente inmediato.
Razón no le faltaba a Michelstaedter al hablar de persuasión como posesión absoluta de nuestro presente. Pero, realmente, ¿quién posee el presente en su absoluto? Sólo vivimos el presente por las cosas que esperamos del futuro. Al final las horas que poseemos son sólo eso: canciones repetidas una y otra vez.
Así es como la realidad se convierte en un bucle, en una espiral de sentimientos que no son más que una pesadilla, una enfermedad del alma que acaba descubriéndose la cara como algo fisiológico.
Sucede que cuando las velas del alma se agujerean, el barco que conforma la mente empieza a hundirse, como si realmente lo sintiera. Como si de verdad el agua llenara mis pulmones sustituyendo así el poco aire que tenía, colapsara mis fosas nasales y me dejara totalmente sin respiración. Y la voz se apaga, nadie parece oír ya los gritos que, rasgados de auxilio, quedan en bocanadas de aire mudas. Y como si el oído del mundo se hubiera quedado sordo: todo queda reducido a médanos.


