martes, 18 de octubre de 2011

El ruido de fondo.

Recuerdo perfectamente la piel que tenían sus dedos. He tenido miedo desde entonces.
He tenido miedo a dejar de actuar con el corazón y comenzar a actuar con la cabeza. He estado a punto de medicar mi pasión, como si estuviera enferma, como si la razón fuera a poder calmar la sed de mente y sentimiento que tengo. 
He tenido miedo a caer en el círculo que conforma la identidad kantiana, a dejar el N. que llevo dentro de lado, apartado de todo, como si de un tumor en el corazón se tratara. Y ese es, precisamente, el problema: el corazón.
El músculo que se retuerce en sí mismo y hace llegar la sangre a toda parte de mi cuerpo ha quedado enterrado en el miedo, reducido a médanos. 
Miedo a que todo lo engulla el tiempo. El tiempo, ese enemigo común, decía Cioran,  que la única teleología que tiene está oculta en sí misma: apagarnos y descubrirnos como fantasmas el uno del otro. Matarnos al fin y al cabo. Pero el sentimiento siempre fue más fiero y fuerte que la razón y hay cosas que, simplemente, no mueren. Como si de colillas de un cigarro fumado a medias se tratara, como una copa de vino que no se ha acabado de beber, así nos encontramos: a medias. Y  mi mente se forma en un interrogante pendido del cielo, como si no entendiera nada, cuando, en realidad, lo entiendo todo.