Bajo esta costra de hueso y de piel que es mi cabeza, hay una constancia de angustias, no como algo moral, como las raciocinaciones de una naturaleza imbécilmente puntillosa o habitada por un germen de inquietudes en el sentido de su altura, sino como una (decantación)
en el interior,
como el desposeimiento de mi sustancia vital,
como la pérdida física y esencial
(quiero decir en la vecindad de la esencia)
de un sentido.

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