La locura, cuya voz el Renacimiento ha liberado, y cuya violencia domina, va a
ser reducida al silencio por la época clásica, mediante un extraño golpe de
fuerza. Se sabe bien que en el siglo XVII se han creado grandes internados; en cambio, no es tan sabido que más de uno de cada cien habitantes de París, ha estado encerrado allí, así fuera por unos meses. Desde la mitad del siglo XVII, la locura ha estado ligada a la tierra de los internados, y al ademán que indicaba que era aquél su sitio natural. En todo caso, no puede ser azar el hecho de que los primeros hospitales de insensatos hayan sido inundados precisamente a fines del siglo XV en España.
Si tomamos las cosas al nivel de los resultados, parece que sólo se haya hecho una transición entre una teoría jurídica de la locura, bastante elaborada para discernir, con ayuda de la medicina, sus límites y sus formas, y una práctica social, casi policíaca, que la capta de una manera masiva, utiliza formas de internamiento que ya han sido preparadas para la represión, y olvida seguir en sus sutilezas las distinciones que se reservan por y para el arbitraje judicial.

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