miércoles, 9 de marzo de 2011

Sus penas son mis penas.

Las del joven Werther.
Querido Goethe, tú escribías para todos, no sólo para ti.



Al sacudir por las mañanas el yugo de una pesadilla, es en vano que extienda los brazos hacia ella; en vano que la busque por la noche en mi lecho, cuando un sueño feliz y sencillo me hace creer que estoy en el campo, sentado a su lado, estrechando su mano, y llenándosela de besos. ¡Ah!, cuando todavía embriagado por el sueño busco esa mano y me despierto, un torrente de lágrimas brota de mi corazón oprimido, y lloro sin consuelo, pensando en las tinieblas de lo por venir.

Por la noche

Me he encontrado hoy con mi diario entre las manos, del que apenas me ocupo hace tiempo, y noto con estupefacción el modo que he tenido de avanzar a sabiendas, paso a paso, en este negocio, conduciéndome como un muchacho a pesar de haber visto siempre con claridad mi situación. Hoy mismo la veo clara como la luz, y, sin embargo, no hay un solo síntoma de alivio.


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