Recuerdo perfectamente la piel que tenían sus dedos. He tenido miedo desde entonces.
He tenido miedo a dejar de actuar con el corazón y comenzar a actuar con la cabeza. He estado a punto de medicar mi pasión, como si estuviera enferma, como si la razón fuera a poder calmar la sed de mente y sentimiento que tengo.
He tenido miedo a dejar de actuar con el corazón y comenzar a actuar con la cabeza. He estado a punto de medicar mi pasión, como si estuviera enferma, como si la razón fuera a poder calmar la sed de mente y sentimiento que tengo.
He tenido miedo a caer en el círculo que conforma la identidad kantiana, a dejar el N. que llevo dentro de lado, apartado de todo, como si de un tumor en el corazón se tratara. Y ese es, precisamente, el problema: el corazón.
El músculo que se retuerce en sí mismo y hace llegar la sangre a toda parte de mi cuerpo ha quedado enterrado en el miedo, reducido a médanos.
Miedo a que todo lo engulla el tiempo. El tiempo, ese enemigo común, decía Cioran, que la única teleología que tiene está oculta en sí misma: apagarnos y descubrirnos como fantasmas el uno del otro. Matarnos al fin y al cabo. Pero el sentimiento siempre fue más fiero y fuerte que la razón y hay cosas que, simplemente, no mueren. Como si de colillas de un cigarro fumado a medias se tratara, como una copa de vino que no se ha acabado de beber, así nos encontramos: a medias. Y mi mente se forma en un interrogante pendido del cielo, como si no entendiera nada, cuando, en realidad, lo entiendo todo.
Si hay algo que nos hace vivir como tiempo, es precisamente eso que temes, el ir cambiando, sea de la recalcitrante N. a la humanamente sólida K. tu ejemplo. Oncina recuerda que en los momentos en los que el relativismo acecha, el pensador se repliega al baluarte de la matemática, bastión de lo seguro. Yo mismo me sentía tentado a atacar eso de simplón, el acogerse a lo rígido de la norma, pero creo que es precisamente eso lo más humano posible. Vivir colgado de una letra, aunque sea la danzarina N, nos hace fanáticos, fijistas, inmóviles, cadáveres. Ser tiempo es alternar, y creo que H. (ante tanta H diré que esta es Heidegger) estaría de acuerdo, que sería la única forma de hace camino, de existir. Quizá el miedo cartesiano al relativismo es el miedo de Cioran al tiempo, si es que podemos hablar de miedo en las seres mas valientes de nuestra cultura.
ResponderEliminarTe animaría a que te reivindicaras cambiante, a que hicieras de aquello que temes un "constante". A mi creo que es lo único que me queda, ser río heraclitiano, y la verdad es que te lo ofrezco sin miedo. Y más teniendo en cuenta que me falta ese ruido de fondo que este año está en Barcelona.
Cuídate mucho peque, y no dejes de dejar y empezar.
Pau
PD: La verrdad es que creía que no actualizabas tu blog desde hace bastante, pero resulta que tenía en favoritos un artículo tuyo, no el blog en sí, por eso me parecía que no subías nada nuevo. Gomennasai.